Mientras las palabras se subyacen en un mar de calumnias inventadas por un ser interior que ronda los límites de la cordura y la demencia en la frontera creada por relaciones infructuosas y placenteras, relaciones solitarias de amor y odio con un ser exterior que no hace más que presentar una cara amigable, tolerante, amable y aburrida. Aun cuando los estímulos sonoros, visuales y gustativos no hacen más que torturar un alma errante, vaga, asustada y perdida… llena de vacios colmados de inexperiencias, de recuerdos ambiguos habitados por fantasmas ajenos que llegaron sin invitación para asentarse en un campo idóneo para la producción de miedos infantiles que no hacen más que demostrar lo patético de los espíritus soñadores de pasado, en un esfuerzo de proyectarlos a un futuro que se asemeja más a un final de película de bajo presupuesto que a la posibilidad de construir alguna realidad que brinde medianamente felicidad, aunque sea aparente y fugaz.
Despertar en una nube amarilla, que no es precisamente la nube voladora, una nube densa y grande que no te deja caer pero tampoco reposar si no que te deja en una caída eterna sin moverte, sin avanzar pero tampoco sin retroceder…. Sin caer, sin subir; solo estar por estar. Un amarillo siniestro y hostil lleno de risas y llantos, de sueños y pesadillas… de vida y muerte. Y en un instante, solo en un instante una tenue figura pequeña y familiar se presenta en el horizonte… con una mirada tierna y triste, con un soplido que llega en forma de palabra… palabra fuerte, clara y sorda hace caer… sintiendo el placer de la caída, agradeciendo la caída, esperando el impacto esperanzador que culmina con un susurrante; Nos Vemos.
jueves, 25 de febrero de 2010
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